domingo, 14 de agosto de 2011

Los movimientos juveniles en las décadas del '60 y '70




El carácter iconoclasta de la nueva cultura juvenil afloró con la máxima
claridad en los momentos en que se le dio plasmación intelectual, como en
los carteles que se hicieron rápidamente famosos del mayo francés del 68:
«Prohibido prohibir», y en la máxima del radical pop norteamericano Jerry
Rubin de que uno nunca debe fiarse de alguien que no haya pasado una temporada
a la sombra (de una cárcel) (Wiener, 1984, p. 204). Contrariamente a
lo que pudiese parecer en un principio, estas no eran consignas políticas en
el sentido tradicional, ni siquiera en el sentido más estricto de abogar por la
derogación de leyes represivas. No era ese su objetivo, sino que eran anuncios
públicos de sentimientos y deseos privados. Tal como decía la consigna de
mayo del 68: «Tomo mis deseos por realidades, porque creo en la realidad
de mis deseos» (Katsiaficas, 1987, p. 101). Aunque tales deseos apareciesen
en declaraciones, grupos y movimientos públicos, incluso en lo que parecían
ser, y a veces acababan por desencadenar, rebeliones de las masas, el subjetivismo
era su esencia. «Lo personal es político» se convirtió en una importante
consigna del nuevo feminismo, que acaso fue el resultado más duradero
de los años de radicalización. Significaba algo más que la afirmación de
que el compromiso político obedecía a motivos y a satisfacciones personales,
y que el criterio del éxito político era cómo afectaba a la gente. En boca de
algunos, sólo quería decir que «todo lo que me preocupe, lo llamaré político
», como en el título de un libro de los años setenta, Fat Is a Feminist Issue*
(Orbach, 1978). La consigna de mayo del 68 «Cuando pienso en la revolución, me entran
ganas de hacer el amor» habría desconcertado no sólo a Lenin, sino también
a Ruth Fischer, la joven militante comunista vienesa cuya defensa de la promiscuidad
sexual atacó Lenin (Zetkin, 1968, pp. 28 ss.). Pero, en cambio,
hasta para los típicos radicales neomarxistas-leninistas de los años sesenta y
setenta, el agente de la Comintern de Brecht que, como un viajante de
comercio, «hacía el amor teniendo otras cosas en la mente» («Der Liebe
pflegte ich achtlos», Brecht, 1976, II, p. 722) habría resultado incomprensible.
Para ellos lo importante no era lo que los revolucionarios esperasen conseguir
con sus actos, sino lo que hacían y cómo se sentían al hacerlo. Hacer
el amor y hacer la revolución no podían separarse con claridad.
La liberación personal y la liberación social iban, pues, de la mano, y las
formas más evidentes de romper las ataduras del poder, las leyes y las normas
del estado, de los padres y de los vecinos eran el sexo y las drogas. El
primero, en sus múltiples formas, no estaba ya por descubrir. Lo que el poeta
conservador y melancólico quería decir con el verso «Las relaciones
sexuales empezaron en 1963» (Larkin, 1988, p. 167) no era que esta actividad
fuese poco corriente antes de los años sesenta o que él no la hubiese
practicado, sino que su carácter público cambió con —los ejemplos son
suyos— el proceso a El amante de Lady Chatterley y «el primer LP de los


Beatles». En los casos en que había existido una prohibición previa, estos
gestos contra los usos establecidos eran fáciles de hacer. En los casos en que
se había dado una cierta tolerancia oficial o extraoficial, como por ejemplo
en las relaciones lésbicas, el hecho de que eso era un gesto tenía que recalcarse
de modo especial. Comprometerse en público con lo que hasta entonces
estaba prohibido o no era convencional («salir a la luz») se convirtió,
pues, en algo importante. Las drogas, en cambio, menos el alcohol y el tabaco,
habían permanecido confinadas en reducidas subculturas de la alta
sociedad, la baja y los marginados, y no se beneficiaron de mayor permisividad
legal. Las drogas se difundieron no sólo como gesto de rebeldía, ya
que las sensaciones que posibilitaban les daban atractivo suficiente. No obstante,
el consumo de drogas era, por definición, una actividad ilegal, y el
mismo hecho de que la droga más popular entre los jóvenes occidentales, la
marihuana, fuese posiblemente menos dañina que el alcohol y el tabaco,
hacía del fumarla (generalmente, una actividad social) no sólo un acto de
desafío, sino de superioridad sobre quienes la habían prohibido. En los
anchos horizontes de la Norteamérica de los años sesenta, donde coincidían
los fans del rock con los estudiantes radicales, la frontera entre pegarse un
colocón y levantar barricadas a veces parecía nebulosa.


La nueva ampliación de los límites del comportamiento públicamente
aceptable, incluida su vertiente sexual, aumentó seguramente la experimentación
y la frecuencia de conductas hasta entonces consideradas inaceptables o
pervertidas, y las hizo más visibles. Así, en los Estados Unidos, la aparición
pública de una subcultura homosexual practicada abiertamente, incluso en
las dos ciudades que marcaban la pauta, San Francisco y Nueva York, y que
se influían mutuamente, no se produjo hasta bien entrados los años sesenta,
y su aparición como grupo de presión política en ambas ciudades, hasta los
años setenta (Duberman et ai, 1989, p. 460). Sin embargo, la importancia
principal de estos cambios estriba en que, implícita o explícitamente, rechazaban
la vieja ordenación histórica de las relaciones humanas dentro de la
sociedad, expresadas, sancionadas y simbolizadas por las convenciones y
prohibiciones sociales.
(texto extraído de "Historia del siglo XX" de Eric Hobsbawm)












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